I. Es cosa extraña que, mientras de un lado se invoca la plena vigencia del Concilio Vaticano II, nadie entre los cristianos chilenos recuerde lo que dice el mismo Concilio: es decir, que para mirar las elecciones políticas, el único criterio cristiano, el de la Tradición, es la libertad de vivir la gracia que Dios dona en la historia cristiana que Él hace acontecer. Libertad que es donada por la sangre de Cristo y que, por tanto, tiene un valor infinito.
Dice, en efecto, el Vaticano II:
“Entre las cosas que pertenecen al bien de la Iglesia, más aún, al bien de la misma sociedad temporal, y que han de conservarse en todo tiempo y lugar y defenderse contra toda injusticia, es ciertamente importantísimo que la Iglesia disfrute de tanta libertad de acción, cuanta requiera el cuidado de la salvación de los hombres. Porque se trata de una libertad sagrada, con la que el Unigénito Hijo de Dios enriqueció a la Iglesia, adquirida con su sangre. Es en verdad tan propia de la Iglesia, que quienes la impugnan, obran contra la voluntad de Dios. La libertad de la Iglesia es el principio fundamental en las relaciones entre la Iglesia y los poderes públicos y todo el orden civil” (Vaticano II, Declaración Dignitatis humanae, n. 13)
Este es el criterio de la Tradición cristiana que los mártires han testimoniado con su sangre y que, para quienes viven esta felicidad cristiana en el presente, indica por quién se debe votar.
II. El olvido de este criterio se debe a que entre los cristianos modernos, como decía Péguy, “todo comienza en mística y acaba en política” (Notre jeunesse). Es decir, como la fe ya no es una experiencia que hace contentos en el presente, es reducida por los cristianos modernos a estar en un bando ideológico o en el otro, siguiendo criterios de mero poder clerical.
Ésta actitud de los cristianos modernos es, en el fondo, una dinámica barroca: insatisfechos de una fe que no dona ninguna felicidad en el presente, para cubrir el aburrimiento causado por este vacío, terminan sublimando esta impotencia ilusionándose con un poder clerical que se espera como recompensa de los servicios prestados a un poder político. Como dice Donoso Cortes: “Todas las cuestiones políticas acaban en cuestiones religiosas”.
El papa Pío XII, en el mensaje de Navidad de 1951, en el mismo sentido decía: “Hombres políticos, y hasta hombres de la Iglesia que pretendan hacer de la Esposa de Cristo su aliada o instrumento de sus arreglos políticos nacionales e internacionales, dañarían la esencia misma de la Iglesia, la rebajarían al plano en que se discuten conflictos de intereses materiales. Y eso es verdadero aún si sucede por finalidades e intereses en sí legítimos”. Y, en 2003, el entonces cardenal Ratzinger había advertido del peligro de “la teologización de la política, lo que se volvería ideologización de la fe”.
III. No conocemos otra política cristiana que la de san José:
“Después de la huida en Egipto, levantándose, José tomó al niño y a su madre, y se vino para tierra de Israel. Mas, oyendo que Arquelao reinaba en la Judea, en lugar de Herodes su padre, temió de ir allá; y avisado en sueños, se retiró a las tierras de Galilea. Y vino a morar en una ciudad que se llama Nazaret” (Evangelio de san Mateo 2,21-23).
La política de san José fue poner a salvo al niño Jesús de la persecución de Arquelao (sucedido a su padre Herodes en la Judea, al sur de Palestina) que, mezclando religión y política, mandó a matar a cerca de tres mil judíos en ocasión de una pascua.
San José, con María y Jesús, se fueron a vivir a Galilea (al norte de Palestina) donde reinaba Antipa, “el zorro” como lo llamó Jesús (Lc., 13,32), hombre de carácter indolente y apacible que, aunque inmoral (vivía con su cuñada Herodías), no tenía prejuicios religiosos. En efecto, dice el evangelio de san Lucas que, pasados ya los años, Antipa “desde largo tiempo deseaba ver a Cristo por las cosas que oía de él” (Lc. 23,8).
No nos interesan criterios político-ideológicos. El tesoro que hay que custodiar es la libertad de poder vivir el acontecimiento de Cristo en la Iglesia de la forma como lo hemos encontrado.
CENTRO CULTURAL CHARLES PEGUY