
Roualut, Flagelación de Jesús.
I.
San Pablo escribía en su carta a Tito: “Increpa illos dure, ut sani sint in fide”: increpa a los que desvirtúan la fe cristiana para que se conserven sanos en esta misma fe. El teólogo Jean Mouroux comentaba así esta afirmación en 1939: “La fe cristiana incluye la salud mental”.
II.
La religiosidad humana puede sufrir patologías. Ya en 1958 Guardini hacía referencia a “formas patológicas de la conducta religiosa”, a una “patología de la idea de Dios”. En el año 2000, el entonces cardenal Ratzinger, hablaba de una “patología de las religiones que se vuelven una amenaza para las personas”; y, en 2006, en el discurso en Ratisbona, Benedicto XVI ha hablado de “patologías amenazadoras de las religiones y de la razón”.
III.
La misma patología que puede corromper la religiosidad humana, puede corromper la fe cristiana.
Por esto, lo que queremos decir, lo que hay que ver en todo lo que está aconteciendo en estos tiempos en la Iglesia, es que la desvirtuación y la desnaturalización de lo que es el Acontecimiento y la fe cristiana han llevado a una patología de la fe cristiana. Es decir, esta patología se ha producido por lo que decía el Padre Hurtado cuando condenando “un cristianismo vacío de Cristo, vacío de Dios” afirmaba: “El cristianismo no es una doctrina abstracta, un conjunto de dogmas que creer, preceptos y mandamientos… ¡El cristianismo es Él!”.
Un cristianismo sano (el de la Tradición) atrae gente sana; un cristianismo enfermo, atrae gente enferma. Esto es lo que hay reconocer, pues es la raíz de todos los gravísimos problemas actuales. Mientras no se llegue a este punto, habrá siempre lo que Péguy definía como una “falta de diagnóstico” realista.
IV.
En esta situación no se puede sólo acusar al “mundo”, a los “paganos” de juzgar a los cristianos, pues los no creyentes reaccionan utilizando los mismos criterios con que han visto que se les ha presentado la “fe cristiana”. En efecto, la desvirtuación de la fe cristiana trae consigo algunas inevitables consecuencias, como si fueran boomerang que vuelven en su contra:
1. Si la cristiandad moderna ha pretendido reducir la fe cristiana a estériles e impotentes “espiritualismos, misticismos, teologismos” (Péguy), apartándose de la forma humana del Acontecimiento cristiano, no debe escandalizarse de que el “mundo” la ataque por caer en faltas “carnales”; en este sentido, tenía razón Blaise Pascal cuando decía: “Si el hombre quiere ser ángel, termina siendo una bestia”;
2. Si la cristiandad moderna ha reducido la fe cristiana a valores morales y a coherencia ética, los cristianos no deberían escandalizarse si el mundo los ataca por ser inmorales e incoherentes;
3. Si la cristiandad moderna ha identificado la “institución” eclesiástica como si fuera la fuente de la felicidad, revistiéndola además de un aura de santidad y de extraordinaria impecabilidad (es el clericalismo creado por los “curas clericales”, pero también por los mismos “laicos clericales”: Péguy), no debe escandalizarse de que el mundo le exija estas mismas categorías.
V.
Benedicto XVI ha recordado que todos los cristianos, en estas circunstancias actuales, deben hacer penitencia. Falta pedir las mismas lágrimas que derramaba el gran papa Pablo VI cuando, en 1978, al final de su vida, viendo la situación de la cristiandad moderna, lleno de dolor, se hacía la misma pregunta de Jesús: “Cuando el Hijo del Hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?” (Evangelio de Lucas 18, 8).
CENTRO CULTURAL CHARLES PEGUY